top of page

Carta a los incondicionales


máquina de escribir, frente a una ventana, oscuridad.


Incondicional.


Un ideal incuestionable, envuelto en la promesa de que hay lealtades que resisten el desgaste del tiempo, el cálculo frío del beneficio, y la erosión de la conveniencia. Nos sugiere el tipo de permanencia que desafía cualquier acontecimiento. Nos enseñan que la incondicionalidad es la más alta de las virtudes, la única prueba genuina del afecto. El cimiento de las relaciones que importan. Y durante un tiempo lo creemos. Durante un tiempo, nos convencemos de que la pureza de un vínculo puede desafiar la lógica del mundo, que hay afectos que flotan fuera del sistema de causa y efecto, inmunes a la entropía y a las balanzas invisibles que regulan las pérdidas y ganancias.


Pero, si miramos de cerca, si hacemos el ejercicio de disección,  ¿no descubrimos acaso su sombra? ¿No percibimos en la incondicionalidad cierta forma de asimetría, una apuesta que rara vez ofrece garantías? Porque dar sin condiciones implica, casi siempre, aceptar una desigualdad permanente. Y, aunque se insista la entrega desinteresada, en algún momento la falta de reciprocidad pesa. Se acumula en silencios, en vacíos, en la realización de que no todas las lealtades son correspondidas. ¿No es, entonces, la incondicionalidad una forma bella de autoengaño?


La inocencia termina en el momento exacto en que comprendemos que el mundo, al final, está hecho de condiciones. Que incluso el amor, en sus formas más puras, tiene inercias, desquilibrios tácitos, expectativas no dichas. Que cada promesa arrastra consigo la posibilidad de incumplimiento. Y que la incondicionalidad, en su esencia, es un pacto con la incertidumbre. Todo conlleva, en algún punto, una expectativa. Una línea tenue que separa el sacrificio de la ingenuidad, la entrega de la renuncia de uno mismo. Siempre hay un saldo pendiente, un lado inclinado en la balanza.


He conocido incondicionales. Han aparecido en mi vida con distintos rostros, en distintos momentos. Han sido la presencia inquebrantable cuando todo lo demás flaqueaba, cuando la promesa de lo que fue—y de lo que pudo haber sido—no alcazaba para nadie más. También han sido aquellos que han esperado, en silencio, una reciprocidad que no siempre llegó. Y ahí está la grieta, la trampa que nadie menciona: ¿realmente alguien da sin esperar nada? ¿No hay, incluso en el acto más desinteresado, una esperanza secreta de correspondencia? ¿No es ese el precio silencioso de la incondicionalidad? La posibilidad de que nunca se les devuelva en la misma medida.


En un mundo de contratos no escritos, la incondicionalidad es un acto de resistencia. Es un desafío al pragmatismo y a la lógica de la utilidad. Un gesto que contradice a la conveniencia. Pero, es también un peligro. Porque, ¿qué pasa cuando alguien se entrega sin reservas y lo único que encuentra es la nada? La incondicionalidad no protege del vacío ni de la ausencia. No es garantía de reciprocidad ni de permanencia. Quizás sea solo un salto al vacío con los ojos cerrados, una apuesta ciega y romántica, fundamentada en la esperanza de que alguien, en algún momento, nos sostendrá también antes de la caída. Quien se entrega sin reservas se enfrenta a la posibilidad más cruel: la del vacío. Y el vacío no devuelve favores. No reconoce esfuerzos. No ofrece consuelo. Se dice que la incondicionalidad es un acto de amor, pero a veces se parece demasiado a una forma de olvido de uno mismo. ¿Dónde trazamos la línea entre la generosidad y la anulación? ¿Entre la entrega y la renuncia?


Me gustaría pensar que alguna vez fui incondicional. Que supe estar sin medir, sin hacer cuentas, sin pensar en consecuencias, posibles molestias, esfuerzos o incomodidades. Pero también sé que he fallado. Que he sido la que no pudo devolver lo que se le dio. Que fui—para alguien, en algún momento—la decepción predecible, la pérdida anunciada, la deuda que alguien tendría que pagar y no sería yo. Cuando me enfrenté a esa incapacidad de corresponder, me encontré, absurdamente, sorprendida. Como si hubiera creído estar exenta de ese principio básico de acción y reacción, como si pudiera deslizarme por la vida sin enfrentar las leyes que gobiernan a los demás. Pero no. La incondicionalidad, al final, es una ecuación rota, una en la que alguien siempre acaba poniendo más, aunque jure que no le importa.

Nos gusta pensar que el amor, la amistad, la lealtad, son materias puras. Que existen por sí mismas y que pueden desafiar el peso de la realidad. Pero la verdad es que rara vez nos enfrentamos a nosotros mismos con esa crudeza. El autoengaño es, después de todo, el más difícil de los engaños. Nos decimos que damos sin esperar nada, que aceptamos sin cuestionamientos, que estamos sin condiciones. Pero en algún rincón de la mente, aunque sea en un eco apenas audible, existe la pregunta: ¿y si esta vez fuera diferente? ¿Y si, por una vez, fuese el otro el incondicional?


Esta carta es un reconocimiento. A quienes se quedan cuando ya no hay razones para quedarse. A quienes entienden la lealtad como una elección, no como una moneda de cambio. Pero también es una pregunta: ¿es sostenible esta forma de estar? ¿Vale la pena?


A los incondicionales: los entiendo, los valoro y agradezco tenerlos en mi vida. Pero me pregunto si, alguna vez, han sentido la carga de sostener cuando nadie más sostiene, de aceptar cuando nadie más acepta, de ceder cuando ya no queda nada por ceder. Y si es así, si alguna vez han dudado del sentido mismo de la incondicionalidad, sepan que la pregunta no los hace menos incondicionales. Los hace humanos.

 
 
 

Comentarios


bottom of page